Durante siglos, en la Europa medieval y en muchísimas culturas previas, el conocimiento se transmitía fundamentalmente de forma oral: sermones, juglares, trovadores, la lectura en voz alta en los monasterios, las disputas académicas habladas en las universidades.
La retórica y la memoria eran las artes intelectuales por excelencia. Para «saber» algo, había que haberlo escuchado, internalizado y ser capaz de repetirlo y discutirlo. El saber estaba indisolublemente ligado a la experiencia comunitaria del acto de escuchar y recitar. Leer más